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Ma-jestad, de la reina y de los cortesanos.
   El hecho es que los ojos del signor Mazarino eran las estrellas más o menos resplande-cientes sobre las cuales leía su destino la Francia del siglo XVII cada noche y cada mañana.
   Su Eminencia no ganaba ni perdía, y por lo mismo, ni estaba alegre ni triste. Esta era una quietud en la cual no hubiese querido dejarle Ana de Austria, que tenía mucha com-pasión por él; mas para llamar la atención del enfermo con cualquier golpe brillante, hubiera sido preciso ganar o perder. Ganar era peligroso, porque Mazarino hubiera cam-biado su indiferencia por algún gesto desagradable; perder era también peligroso, porque hubiera sido necesario hacer trampas y la infanta que vigilaba el juego de su suegra, se habría admirado de sus buenas disposiciones hacia Mazarino.
   Los cortesanos conversaban aprovechándose de esta calma. El señor Mazarino, cuando no estaba de mal humor, era un príncipe benigno, y él, que a nadie impedía cantar con tal que le pagaran, no era bastante tirano para evitar que se hablase, con tal de que se deci-diesen a perder.
   Charlabase, pues. En la primera mesa el joven hermano del rey, Felipe, duque de An-jou, miraba su linda figura en el espejo de una caja. Su favorito, el caballero de Lorena; apoyado en el sillón del príncipe, escuchaba con secreta envidia al conde de Guiche, otro favorito de Felipe, que relataba en términos escogidos las diversas vicisitudes de fortuna del rey aventurero Carlos II. Refería, como sucesos fabulosos, toda la historia de sus pe-regrinaciones en Escocia, sus terrores cuando las partidas enemigas seguíanle la pista, las noches pasadas en los árboles y los días de hambre y de combates. Poco a poco la historia de este desgraciado rey había interesado tanto a los oyentes, que el juego se

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