–– ¿Y las reinas? ––preguntó Luis XIV.
––Y el señor duque de Anjou ––repuso Su Eminencia.
Al mismo tiempo saltó al hueco de la cama, cuyas cortinas al caer ocultáronla comple-tamente. El cardenal, entretanto, no había perdido de vista a los conspiradores.
––Señor conde de Guiche ––dijo con temblorosa voz al mismo tiempo que se ponía de-trás de las cortinas la bata que le presentaba Bernouin.
––Aquí estoy, monseñor ––dijo el joven acercándose.
––Tomad mis cartas, pues tenéis suerte esta noche... Y ganadme un poco el dinero de esos señores.
––Sí; monseñor.
El joven se sentó a la, mesa de donde se apartó el rey para charlar con las reinas.
Una partida bastante seria comenzó entre el conde y varios ricos cortesanos.
Felipe hablaba de modas mientras tanto con el caballero de Lorena, y ya se había deja-do de oír detrás de las cortinas de la cama el roce de la bata del cardenal.
Su Eminencia había seguido a Bermouin al gabinete inmediato a la alcoba.
Capítulo 40.- Asunto de Estado
Habiendo pasado Su Eminencia a su gabinete, encontró al conde de la Fère, que espe-raba muy ocupado en admirar un Rafael hermosísimo puesto sobre un aparador recamado de plata.
El cardenal llegó, ligero y silencioso como una sombra, y sorprendió la fisonomía del conde, como tenía costumbre de hacer, pretendiendo adivinar, por la simple inspección del rostro de su interlocutor, cuál sería el resultado, de la conversación.