––Majestad, tengo el honor de presentaros al señor conde de la Fère, embajador de Su Majestad Británica... ¡Asunto de Estado, señores! ––añadió, despidiendo con la mano a todos los que llenaban el salón, y los cuales, con el príncipe de Condé a la cabeza, eclip-sáronse al gesto sólo de Mazarino.
Raúl, después de mirar por última vez al conde de la Fère, siguió al príncipe de Condé.
Felipe de Anjou y la reina parecían consultarse como para salir también.
––Asunto de familia ––dijo Mazarino, deteniéndolos en sus asientos––. Este caballero que veis trae al rey una carta, en la cual Carlos II, completamente restaurado en su trono, intenta un enlace entre Monsieur, hermano del rey, y lady Enriqueta, nieta de Enrique IV... ¿Queréis entregar al rey vuestras credenciales, señor conde?
Athos permaneció un momento estupefacto. ¿Cómo podía saber el ministro el conteni-do de una carta que no había abandonado un instante? Sin embargo, dueño siempre dé sí mismo, entregó su despacho al rey Luis XIV, que lo tomó ruborizándose. Un silencio solemne reinó en el salón del cardenal, interrumpido tan sólo por el ruido del oro que Mazarino, con su mano seca, apilaba en un cofre, en tanto que el monarca leía.
Capítulo 41.- El Relato
La malicia de Su Eminencia no dejaba muchas cosas que decir al embajador. No obs-tante, la palabra restauración impresionó al rey, que, dirigiéndose al conde, sobre el cual tenía fijos dos ojos desde su entrada:
––Señor ––dijo––, ¿queréis darnos algunos detalles acerca de los asuntos en Inglaterra? Venís del país, sois francés, y las Órdenes que veo brillar en vuestra persona anuncian un hombre de mérito al mismo tiempo que de