de Condé.
Esta mirada penetrante, esta expresión imperiosa de toda su fisonomía, turbaba gene-ralmente a aquellas a quienes el príncipe dirija la palabra, más que lo hubiera hecho la majestad o la regular belleza del vencedor de Rocroy. Además, destellaban tan rápida-mente sus ojos salientes, que toda la animación del príncipe parecíase a la de la cólera. A causa, pues, de está cualidad, todo el mundo en la corte reverenciaba al señor príncipe, y no viendo muchos en él mas que al hombre, llevaban el respeto hasta el terror.
Luis de Condé se adelantó hacia el conde de la Fère y Raúl con intención de ser saluda-do por el uno y dirigir la palabra al otro.
Nadie saludaba con más gracia que el conde de la Fére, pues desdeñaba poner en una reverencia todos los caracteres que un cortesano toma ordinariamente del deseo de agra-dar. Athos conocía su valor personal y saludaba a un príncipe como a un hombre, corri-giendo con alguna cosa simpática e indefinible lo que podía molestar el orgullo del rango supremo en la inflexibilidad de su actitud.
El príncipe iba a hablar a Raúl; Athos se adelantó, y dijo:
––Si el señor vizconde de Bragelonne no fuera uno de los muy humildes servidores de Vuestra Alteza, le suplicaría que pronunciase mi nombre delante de vos... señor príncipe.
––Tengo el honor de hablar al señor conde de la Fère ––dijo en seguida Condé.
––Mi protector ––repuso Raúl ruborizándose.
––Uno de los hombres más virtuosos del reino ––continuó el príncipe––; uno de los primeros caballeros de Francia, y del cual he oído decir tanto bueno, que a veces he de-seado contarlo en el número de mis amigos.