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alimentasen a las guarniciones sin soldados, de lo que sacaban de las contribuciones. Una cualidad tan hermosa proporcionó la idea al señor cardenal Mazarino de reemplazar a Joubert, su in-tendente, que acababa de morir, por el señor Colbert, que sabía escatimar tan peregrinamente.
   Poco a poco lanzábase Colbert a la Corte, a pesar de la medianía de su nacimiento; pues era hijo de un vinatero, como su padre, que después fue pañero, y más tarde sedero.
   Colbert, destinado primero al comercio, fue dependiente en casa de un mercader de Lyón, a quien abandonó para ir a París al estudio de un procurador del Châtelet, llamado Biterne. Así fue como aprendió el arte de rectificar cuentas y el más interesante de em-brollarlas.
   Aquel ceño de Colbert le proporcionó mucho bien; tan cierto es que la fortuna, cuando tiene un capricho parécese a esas mujeres de la antigüedad, cuya fantasía no deseaba nada en lo físico ni en lo moral de las cosas y de los hombres. Ocupado Colbert en casa de Miguel Letellier, secretario de Estado en 1648, por su primo Colbert, señor de Saint Pouange, que la favorecía, recibió un día del ministro una comisión para el señor Mazari-no.
   Su Eminencia el cardenal gozaba entonces de una salud perfecta, y los malos años de la Fronda, aún no se habían triplicado ni cuadruplicado para él. Estaba entonces en Sedán madurando una intriga de Corte, en la que Ana de Austria parecía querer abandonar su   causa.
   Letellier tenía los hilos de esta intriga.
   Acababa de recibir una carta de Ana de Austria, carta muy importante para é1 y dema-siado comprometida para Mazarino; pero como ya representaba el doble papel que tan bien le servía, y como siempre manejaba a dos adversarios para sacar partido de uno y de otro, ya embrollándolos más que

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