––No os turbéis por eso; entrad en el hueco de la cama.
–– Puedo aguardar fuera, monseñor.
––No, no, vale más que oigáis la confesión de un hombre honrado. Colbert se inclinó y pasó adonde le habían ordenado.
––Que entre el padre teatino ––dijo el cardenal corriendo las cortinas.
Capítulo 45.- Confesión de un Hombre Honrado
El padre teatino entró resueltamente y sin sorprenderse mucho del ruido y movimiento que la inquietud sobre la salud de Su Eminencia habían producido en su casa.
––Venid, reverendo ––dijo Mazarino después de mirar por última vez el espacio entre la cama y la pared––, venid a consolarme.
––Ese es mi deber, monseñor –– replicó el teatino.
––Comenzad por sentaros cómodamente, porque voy a principiar por una confesión ge-neral; en seguida me daréis una buena absolución y me quedaré más tranquilo.
––Monseñor ––dijo el reverendo––, no estáis tan malo como para que sea urgente una confesión general... Eso os molestará mucho; tened cuidado.
–– ¿Suponéis que será larga, reverendo?
–– ¿Cómo ha de ser de otro modo, cuando se ha vivido tan completamente como Vues-tra Eminencia?
–– ¡Ah! Es cierto... Sí, el relato puede ser largo.
––La misericordia de Dios es grande ––gangueó el teatino.
––Mirad –– dijo Mazarino––; yo mismo empiezo ya a espantarme de haber dejado pa-sar tantas cosas que el Señor podía reprobar.
–– ¡Verdad es! ––dijo cándidamente el padre teatino apartando de la luz su semblante fino y puntiagudo como el de un topo––. Así son los pecadores: primero olvidadizos, y luego escrupulosos, cuando es ya