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   ––Monseñor ––dijo––, bueno sería ver si lo que ha dicho el teatino es acaso un lazo.
   –– ¡No! Un lazo... ¿Por qué? El padre teatino es un hombre honrado.
   ––Ha creído que Vuestra Eminencia estaba en las puertas del sepulcro, toda vez que le había llamado para consultarle... Yo no le he oído decir: “distinguid lo que el rey os ha dado de lo qué os habéis dado a vos mismo…” Pensad bien, monseñor, si no ha dicho algo de esto; es muy de teatino la frase.   
   ––Sería posible.
   ––Por tanto, monseñor, os consideraré como puesto en el caso.   
   –– ¿De restituir? murmuró Mazarino muy sofocado.
   –– ¡Eh! No digo que no.
   –– ¿De restituirlo todo? No penséis en ello... Decís lo mismo que el confesor.
   ––Restituir una parte es igual que sacar la parte de Su Majestad; y esto, monseñor, pue-de tener sus peligros. Vuestra Eminencia es político bastante hábil para ignorar que a estas horas no posee el rey ciento cincuenta mil libras en sus arcas.
   ––Eso no es cosa mía ––observó Mazarino triunfante––, sino del señor superintendente Fouquet cuyas cuentas os he dado a revisar estos últimos meses.
   Colbert pellizcóse los labios al oír el nombre de Fouquet.
   ––Su Majestad ––dijo entre dientes––, no tiene más dinero que el que le proporciona el señor Fouquet; vuestro dinero, monseñor, será para él un pasto muy goloso.
   ––En fin, no soy el superintendente de las haciendas del rey; tengo mi bolsa propia... Ciertamente que haré, por la dicha de Su Majestad, algunos

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