quien habían lla-mado al lado de Su Eminencia, funcionaban con actividad siempre creciente, Colbert, apretando con las dos manos su enorme cabeza, para comprimir en ella, la fiebre de los planes engendraos por el cerebro, meditaba los términos de la donación que iba a hacer escribir a Mazarino en la primera hora de reposo que le concediese el mal. Parecía que todos los gritos de su Eminencia y todas las acometidas de la muerte sobre este represen-tante del pasado, eran estimulantes para el genio de aquel pensador de pobladas cejas, que ya se volvía hacia el Oriente del nuevo sol de una sociedad regenerada.
Colbert volvió al lado del cardenal cuando se restableció un tanto la razón del enfermo, y le persuadió a que dictase una donación concebida en estos términos:
“Próximo a aparecer ante Dios, Señor de los hombres, ruego al rey, que fue mi señor en la tierra, tome los bienes que su bondad me había dado, pues mi familia será muy feliz en verlos pasar a tan ilustres manos. El inventario de mis bienes se encontrará, redactado, al primer requerimiento de Su Majestad, o en el último suspiro de su más adicto servidor.
JULIO, CARDENAL. MAZARINO.” Su Eminencia firmó, suspirando. Colbert cerró el paquete y lo llevó al punto al Louvre, donde acababa de entrar el rey.
Y después volvió a su cuarto, frotándose las manos con la confianza del obrero que ha empleado bien la jornada.
Capítulo 47.- De Cómo Ana de Austria Aconsejó a Luis XIV y el Sr.
Fouquet También
La noticia de la situación en que se encontraba el cardenal se había ya propagado por todas partes, y traía al Louvre tanta gente al menos; como la noticia del matrimonio de Monsieur, hermano del rey, la cual ya se