había anunciado oficialmente.
Apenas había entrado en su cámara Luis XIV, muy preocupado todavía con las cosas vistas y oídas aquella noche, cuando el ujier anunció que la misma muchedumbre de cor-tesanos que había acudido por la mañana a la hora de levantarse el rey, se presentaba también a la hora de acostarse, favor insigne que, durante el reinado del cardenal, la Cor-te, muy poco discreta en sus preferencias, había concedido al ministro sin cuidarse de no disgustar al rey:
Pero el ministro había tenido, según ya hemos dicho, un gran ataque de gota, y la marea de la adulación subía hacia el trono.
Los cortesanos tienen el maravilloso instinto de vislumbrar los acontecimientos, la ciencia suprema; son diplomáticos para adivinar los grandes desenlaces de las circunstan-cias críticas, capitanes para encontrar las salidas de las batallas, y médicos para curar las enfermedades.
Luis XIV, a quien su madre había enseñado este axioma, entre otros muchos, conoció que Su Eminencia el cardenal Mazarino estaba muy enfermo.
Apenas hubo Ana de Austria conducido a sus habitaciones a la reina y aliviado su fren-te del peso del tocado de ceremonia, volvió en busca de su hijo al gabinete; donde solo, melancólico y con el corazón lacerado, hacía pesar sobre sí mismo, como para ejecutar su voluntad, una de esas cóleras sordas y terribles, cóleras de rey, que cuando estallan son acontecimientos, y que en Luis XIV, gracias al poder asombroso que sobre sí tenía, eran tormentas tan benignas, que su más ardiente, su única cólera, la que señala Saint Simon, sorprendiéndose, fue aquella celebre que estalló cincuenta años más tarde, a causa de una esquela del señor duque del Maine, y que tuvo por resultado una granizada de bastonazos