Gracias, se-ñor Fouquet ––dijo despidiendo cortésmente al superintendente.
–– ¿Aceptáis? ––preguntó otra vez la reina.
––Reflexionaré ––replicó el rey mirando a Fouquet.
Capítulo 49.- Agonía
El mismo día en que se enviara el donativo al rey, el cardenal se había hecho trasladar a Vincennes, adonde le siguieron el rey y la Corte. Los últimos resplandores de esta antor-cha todavía despedían bastante brillo para absorber con sus rayos todos los otros fanales. El joven Luis XIV, satélite fiel de su ministro, según hemos visto ya, marchaba hasta el último momento en el sentido de su gravitación. El mal había empeorado, y ya no era aquello un ataque de gota, sino un ataque de muerte. Había, por otra parte, algo que hacía a este agonizante más agonizante aún, y era la ansiedad que provocaba en su ánimo aque-lla donación enviada al rey, y que al decir de Colbert debía ser devuelta y no aceptada. Su Eminencia tenía gran fe, como ya lo hemos visto, en las predicciones de su secretario; pero la suma era considerable, y cualquiera que fuese el genio de Colbert, el cardenal no podía menos de pensar alguna que otra vez que, además de él, también había podido en-gañarse el padre teatino, y que había por lo menos tantas probabilidades para que él se condenase como para que Luis XIV le devolviera sus millones.
Además, mientras más tardaba en volver la donación, tanto más creía Mazarino que cuarenta millones bien vale la pena de exponer algo, y, sobre todo, una cosa tan hipotéti-ca como el alma.
Mazarino, como cardenal y primer ministro, era casi ateo y completamente materialista.
Cada vez que se abría la puerta volvíase con viveza hacia ella, creyendo ver entrar allí su desventurada donación; mas engañada su esperanza,