volvíase a acostar con un suspiro y le atacaba el dolor con más fuerza que antes.
También Ana de Austria había seguido al cardenal; aunque la edad hubiera hecho ego-ísta su corazón, no podía negarse a demostrar a este moribundo una tristeza que le debía en calidad de mujer, como dicen unos, en calidad de soberana, como dicen otros.
Por anticipado, habíase compuesto una fisonomía de duelo, y toda la Corte le imitaba. Luis, para .no manifestar en el rostro lo que pasaba en su corazón, se obstinaba en perma-necer confinado en su cámara, donde solamente le hacía compañía su nodriza; unas veces veía acercarse el término en que cesaría para él toda contradicción, otras se convertía en humilde y paciente, replegándose en sí mismo, como todos los hombres fuertes que tie-nen algún designio, para tener más medios en el instante decisivo.
La extremaunción había sido administrada en secreto al cardenal, que, fiel a sus hábitos de disimulo, luchaba contra las apariencias y aun contra la realidad, recibiendo visitas en su lecho coma si sólo estuviera atacado de un mal pasajero. Guénaud, por su parte, guar-daba el más absoluto secreto; interrogado y, fatigado de investigaciones y de preguntas, sólo contestaba: “Su Eminencia está todavía lleno de juventud y de fuerza; pero Dios quiere lo que quiere, y cuando ha decidido que debe abatir al hombre, es necesario que el hombre sea abatido:”
Estas, palabras, que sembraba con una especie de discreción, de reserva y de preferen-cia, las comentaban dos personas con marcado interés: el monarca y el cardenal.
A pesar de la profecía de Guénaud, siempre se engañaba Mazarino, o mejor dicho, re-presentaba tan bien su papel, que los más diestros, al decir que