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   ––Manifestadme su nombre, señor cardenal.
   ––Su nombre os es casi desconocido hasta ahora, Majestad; el señor Colbert, mi inten-dente. ¡Oh! Valeos de él ––añadió Mazarino––; todo lo que ha predicho ha sucedido; tiene buen golpe de vista y jamás se engaña ni sobre las cosas ni sobre los hombres, lo cual es más sorprendente aún. Majestad, mucho os debo, pero creo desquitarme dándoos al señor Colbert.
   ––Bien ––dijo Luis XIV, porque como decía Mazarino, ese nombre de Colbert le era desconocido, y tomaba este entusiasmo del cardenal por delirio de agonizante.
   El cardenal volvió a caer en la almohada.
   ––Por última vez, adiós, Majestad, adiós ––murmuró Mazarino––. Estoy cansado y ten-go que andar todavía un camino áspero antes de presentarme delante de mi nuevo amo... ¡Adiós, Majestad!
   El rey sintió lágrimas en sus ojos. Se inclinó sobre el moribundo, ya medio cadáver, y en seguida se apartó precipitadamente.

   Capítulo 49.- Primera Aparición de Colbert

   La noche transcurrió entre las angustias del rey y las del moribundo; éste esperaba li-brarse de sus males; aquél aguardaba su libertad.
   Luis no se acostó. Una hora después de su salida de la cámara de Mazarino supo que, recobrando el moribundo algunas fuerzas, se había hecho vestir, afeitar, y peinar, y que había querido recibir a los embajadores. Semejante a Augusto, consideraba sin duda al .mundo como un gran teatro y quería representar dignamente el último acto de su come-dia.
   Ana de Austria no volvió a presentarse en el aposento del cardenal, pues ya nada tenía que hacer en él. Las conveniencias fueron un pretexto. Por lo demás, el cardenal no pre-guntó por ella; el consejo que la reina diera a su hijo se le había clavado en el corazón.

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