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   Él, su esposa, Pittrino y dos marmitones, echaron mano a todos los habitantes del palo-mar, del corral y de las conejeras, de suerte que en los patios de la hostería de los Médicis se oían tantos gritos y cacareos, como nunca se oyeron en otro tiempo en Roma.
   Por lo pronto sólo había un viajero en casa de Cropole:
   Era éste un hombre que no tenía treinta años, alto, hermoso y austero, o   más bien me-lancólico en todos sus gestos y miradas.
   Vestía traje de terciopelo negro con guarniciones de azabache, y un cuello, blanco y sencillo, como el de los más severos puritanos, hacía resaltar el color mate y delicado de su garganta juvenil; un bigote que apenas cubría su labio movible y desdeñoso.
   Hablaba a las personas mirándolas de frente y sin afectación, pero también sin timidez, de manera que el brillo de sus ojos azules se hacía de tal manera insoportable; que más de una mirada se' bajaba ante la suya, como sucede a la espada más débil en singular comba-te.
   En aquel tiempo en que los hombres criados todos iguales por Dios; se dividían, gracias a las preocupaciones, en dos castas distintas, el noble y el pechero, como se dividen ver-daderamente las dos razas negra y blanca, en aquel tiempo, decimos, el hombre cuyo re-trato vamos a bosquejar, no podía pasar sino por caballero, y de la mejor raza. Bastaba para esto ver sus afiladas y blancas manos, cuyos músculos y venas transparentábanse bajo la piel al menor movimiento, y cuyas, falanges enrojecían a la menor crispación.
   Aquel caballero llegó solo a la casa de Cropole. Se había apoderado, sin vacilar y aun sin reflexionar, del departamento más importante que el posadero habíale indicado, con propósito de rapacidad muy humilde según unos, y muy loable según otros; si admiten que Cropole fue fisonomista y

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