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   A eso de media noche y muy acicalado, Mazarino entró en la agonía. Había revisado su testamento, y como éste era expresión exacta de su voluntad, y temía que una influencia interesada se aprovechase de su debilidad a fin de cambiar algunas de sus disposiciones, había dado a Colbert la consigna, y éste, paseábase en el corredor que conducía a la alco-ba del cardenal como el más vigilante centinela.
   Encerrado el rey en su habitación, enviaba de hora en hora a su nodriza al departamento de Mazarino, con orden de traerle el parte exacto de la salud del cardenal.
   Después de haber sabido que éste se había hecho vestir, afeitar, peinar, y que había re-cibido a los embajadores, supo también que ya comenzaban por su alma las oraciones de los agonizantes.
   A la una de la mañana había ensayado Guénaud el último remedio llamado heroico. Mazarino respiró cerca de diez minutos después de haberlo tomado, y dio orden para que se extendiese por todas partes y al momento el rumor de una crisis feliz. A esta noticia sintió el rey pasar como un sudor frío por su frente; había entrevisto el día de su libertad,   y la esclavitud le parecía más triste y menos aceptable que nunca. Pero el parte que siguió cambió enteramente la faz de las cosas. Mazarino ya no respiraba del todo, y apenas repe-tía las oraciones que a su lado recitaba el párroco de San Nicolás de los Campos. El rey comenzó a andar con agitación en su cámara, y a consultar, al mismo tiempo que andaba, muchos papeles que había sacado de una cajita, cuya llave sólo él guardaba. Volvió por tercera vez la nodriza. Mazarino acababa de hacer un juego de palabras y de ordenar que se volviese a barnizar su Flora de Ticiano.
   Finalmente, a eso de las dos de la mañana, ya no pudo el rey resistir su desfallecimien-to, pues no había dormido en veinticuatro horas. .

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