Una aurora resplandeciente apareció en el horizonte, y los primeros rayos del sol inun-daron de llamas la frente del joven rey.
––Esta aurora es la de mi reinado ––murmuró Luis XIV––. ¿Es este un presagio qué me enviáis, Dios Omnipotente?
Capítulo 50.- Primer Día del Reinado de Luis XIV
La muerte del cardenal súpose por la mañana en el palacio y en la ciudad.
Los ministros Fouquet, Lyonne, y Letellier entraron en la sala de sesiones para celebrar Consejo.
El rey los mandó llamar al momento.
––Señores ––dijo––, mientras vivió el señor cardenal, yo le dejé que gobernara mis asuntos; mas, al presente quiero gobernarlos yo mismo; vosotros me daréis vuestros con-sejos cuando yo os los pida. ¡Marchaos!
Los ministros miráronse con sorpresa, y si disimularon una sonrisa, fue con gran es-fuerzo, porque sabían que el príncipe, educado en una ignorancia absoluta de los negocios, encargábase, por amor propio, de un trabajo demasiado pesado para sus fuerzas.
Fouquet se despidió de sus colegas en la escalera, diciendo:
––Señores, menos tarea para nosotros.
Y subió muy contento en su carroza.
Los otros, algo inquietos del giro que tomaban los acontecimientos, volvieron juntos a París.
El rey pasó a eso de las diez al cuarto de su madre, con la cual sostuvo una conversa-ción muy reservada; y luego, después de cenar, subió en un coche cerrado y se fue dere-cho al Louvre. Allí recibió a mucha gente, y tuvo cierto placer en ir observando la vacila-ción de todos y la curiosidad de cada uno.