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   No era cosa muy divertida hablar con el antiguo servidor; sólo dos hombres poseían es-te secreto: Athos y Artagnan. El primero lo conseguía porque Grimaud trataba de hacerle hablar también; Artagnan, en cambio, porque sabía hacer hablar a Grimaud.
   Raúl se hallaba ocupado en hacerse contar el viaje a Inglaterra, y Grimaud lo había re-ferido con todos sus pormenores, con cierto número de gestos y ocho palabras; ni más ni menos.   
   –– Primeramente, había indicado con un movimiento de mano que su señor y él habían atravesado el mar.
   –– ¿Para alguna expedición? ––preguntó Raúl.
   Grimaud, bajando la cabeza, había contestado que sí.
   –– ¿Donde el señor conde corrió peligros?
   –– Grimaud se encogió de hombros, como para decir: “Ni mucho ni poco''.
   ––Pero, ¿ni algún peligro? ––insistió Raúl.
   Grimaud señaló a la espada, al fuego, y a un mosquete que estaba colgado en la pared.
   ––Por tanto, el señor conde ¿tenía allí un enemigo? ––exclamó Raúl.   
   ––Monk ––contestó Grimaud.   
   ––Es raro ––continuó Raúl–– que el señor conde insista en considerarme como un no-vicio, y en no hacerme participar del honor o del peligro de esos encuentros. Grimaud sonrió.
   En este momento volvió Athos. El huésped le alumbraba la escalera, y Grimaud, reco-nociendo el paso de su amo, corrió a su encuentro, lo cual cortó en seco la conversación:
   Pero, Raúl habíase lanzado en vías de interrogación; así es que no se detuvo, y tomando las dos manos del conde con viva ternura, pero respetuosa, dijo:

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