visita.
––Iré a verlo, y con mucho gusto, pues quiero mucho al señor de Artagnan.
––Tenéis razón; es un hombre honrado y un valiente caballero:
–– ¡Que os ama! ––dijo Raúl.
––Estoy cierto de ello... ¿Sabéis dónde vive?
—Eh el Louvre, en el Palacio Real, donde quiera que esté el rey, ¿No manda los mos-queteros?
––Por el momento, no, porque está con licencia descansando.... No lo busquéis, pues, en los puestos de su antiguo servicio; tendréis noticias suyas en casa de un tal señor Plan-chet.
–– ¿Su antiguo lacayo? ––convertido ahora en abacero.
–– ¿Calle de los Lombardos, número 9?
––Una cosa así... o calle de Arcis.
––Buscaré, buscaré.
––Le diréis mil cosas en mi nombre, y lo traeréis a comer conmigo antes que me mar-che a la Fére.
––Bien, señor.
––Adiós, Raúl.
––Señor, veo en vos una Orden que no os conocía, recibid mis parabienes.
–– ¡El Toisón! ... Es cierto… Un juguete, hijo mío, que ya no entretiene a un viejo niño como yo... Buenas noches, Raúl.
Capítulo 52.- La Lección de Artagnan
Raúl no encontró al día siguiente, como esperaba, al señor de Artagnan; sólo halló a Planchet, cuya satisfacción fue muy viva al ver de nuevo a aquel joven, saludado con dos o tres cumplidos guerreros no muy propios de un abacero. Pero cuando Raúl regresaba de Vincennes aquella mañana,