conduciendo cincuenta dragones que le había confiado el príncipe, vio, en la plaza Baudoyer, a un hombre que, fijamente, miraba una casa como, se mira un caballo que se desea comprar.
Aquel hombre, vestido con traje de paisano, abotonado como un jubón militar, calado un sombrero muy chico, y llevando al costado una larga espada, volvió la cabeza tan pronto como oyó el paso de los caballos y dejó de contemplar la casa para mirar a los dragones.
Aquel hombre era el señor de Artagnan; Artagnan a pie, Artagnan con las manos a la espalda, que pasaba revista a los dragones después de haberla pasado a los edificios. Ni un hombre, ni una correa, ni un casco de caballo se escapó a su inspección.
Raúl iba al lado de la tropa, y Artagnan lo distinguió el último.
–– ¡Eh! ¡Eh! ¡Vive Dios! ––dijo.
–– ¿No me equivoco? ––dijo Raúl deteniendo su caballo.
––No, no te engañas. ¡Buenos días! ––contestó el antiguo mosquetero.
Y Raúl estrechó emocionado las manos de su viejo amigo.
––Ten cuidado, Raúl ––dijo Artagnan––; el segundo caballo de la quinta fila queda desherrado antes de llegar al puente María; solamente tiene dos clavos en la mano derecha.
–– Esperadme ––dijo Raúl––, vuelvo.
–– ¿Dejas tu destacamento?
––Ahí se halla el abanderado para reemplazarme.
–– ¿Vienes a comer conmigo?
––Con mucho gustó, señor de Artagnan.
––Entonces, anda pronto; deja el caballo o procura que me den uno.
––Mejor quiero ira pie con vos. Raúl corrió a avisar al abanderado, que ocupó su lugar; luego, echó pie a tierra, dio su caballo a uno de los