Aún reían y discutían sobre esta profesión de principios, cuando entró uno de los mozos del abacero, y dijo:
––Una carta para el señor de Artagnan.
––Gracias... ¡Toma! ––dijo el mosquetero.
––Es la letra del señor conde ––dijo Raúl.
––Sí, sí.
Y Artagnan rompió el sobre. “Querido amigo, acaban de rogarme de parte del rey que os busque...”
–– ¿A mí? ––dijo Artagnan dejando caer el papel sobre la mesa. Raúl lo cogió y siguió leyendo en voz alta:
“Apresuraos… Su Majestad tiene mucha necesidad de hablaros, y os espera en el Louv-re.”
–– ¿A mí? ––repitió el mosquetero.
–– ¡Eh! ¡Eh! ––dijo Raúl.
–– ¡Oh! ¡Oh! ––respondió Artagnan––. ¿Qué quiere decir esto?
Capítulo 53.- El Rey
Pasado el primer movimiento de sorpresa, Artagnan leyó de nuevo el billete de Athos.
––Es raro ––dijo––, que me haga llamar el rey.
–– ¿Por qué? ––dijo Raúl––. ¿No suponéis que el rey deberá echar de menos un servi-dor como vos?
–– ¡Oh! ¡Oh!' ––murmuró el oficial riendo, can los labios fruncidos––. Linda cosa es-táis diciendo, querido Raúl. Si el rey me echara de menos, no me hubiese dejado mar-char. No, no; yo veo en esto algo mejor, o peor, si queréis.
–– ¡Peor! ¿Y qué?, señor caballero, tú eres joven, confiado... ¡Ojalá estuviera yo donde tú! Tener veinticuatro años, la frente tersa y cerebro