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vacío de todo, a no ser de mujeres, de amor o de buenas intenciones... ¡Oh! Raúl, mientras no hayas recibido las sonrisas de los reyes y las confidencias de las reinas; mientras no hayas tenido dos cardenales, muer-tos en tu época, tigre el uno, zorro el otro; mientras no hayas... Pero, ¿a qué vienen esas niñerías? Es menester separarnos.
   –– ¡Cómo me decís eso! ¡Qué aire tan serio!
   –– La cosa .bien vale la pena... Escuchadme, tengo qué haceros una recomendación.
   ––Ya escucho, caballero Artagnan.
   ––Avisaré a tu padre mi marcha.   
   –– ¿Os marcháis?
   –– ¡Diantre! Le dirás que he pasado a Inglaterra y qué voy a vivir a mi casita de recreo.
   –– ¡A Inglaterra! ¡Vos!... ¿Y las órdenes del rey?
   ––Cada vez te hallo más cándido. ¿Te figuras tú que así, sin más ni más, voy a presen-tarme en el Louvre y ponerme a disposición de ese lobezno coronado?
   –– ¡Lobezno el rey! Pero, ¿estáis loco?
   ––Al contrario, nunca he sido más cuerdo. Tú no sabes lo que quiere hacer de mí, ese digno hijo de Luis el Justo... ¡Vive Dios! Esa es la política... Lo que quiere es embastillarme, pura y simplemente.
   –– ¿Con qué propósito? ––pregunto Raúl, asombrado de lo que oía.
   ––A propósito de lo que le dije un día en Blois. . . Estuve algo vivo y él se acordará.
   –– ¿Qué le dijisteis?
   ––Que era un roñoso, un canalla, un miserable.
   –– ¡Ah, Dios mío! ––dijo Raúl––.¿Es posible que hayan salido de vuestra

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