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   ––No es probable, Majestad.   
   ––En el primer caso, no habléis; en el segundo, que no os encuentren ningún papel.
   Artagnan se encogió de hombros sin ceremonia, y despidióse del rey diciéndose:
   “¡La lluvia de Inglaterra continúa! Sigamos bajo la gotera”.

   Capítulo 54.- Las Casas de Fouquet

   Mientras Artagnan volvía a casa de Planchet, con la cabeza atormentada y aturdida por todo lo que acababa de acontecerle, tenía lugar otra escena de un género completamente distinto, pero que, sin embargo, no era extraña a la conversación que el mosquetero aca-baba de tener con el rey; sólo que esta escena pasaba propiedad de París, en una casa pro-piedad del superintendente Fouquet, en la aldea de Saint-Mandé.
   El ministro acababa de llegar a esta casa de campo, seguido de su primer dependiente, que llevaba una enorme cartera llena de papeles para examinar y de otros que esperaban la firma.
   Como ya, eran las cinco de la tarde, habían comido los amos y se preparaba la mesa pa-ra veinte convidados subalternos.
   El superintendente no se detuvo ni un segundo; al bajar del coche franqueó del mismo salto el umbral de la puerta, atravesó las habitaciones y entró en su gabinete, donde decla-ró que se encerraba para trabajar, prohibiendo se le molestara por nada del mundo, excep-to por orden del rey.
   En efecto, dada esta orden, Fouquet se encerró, y dos criados se situaron de centinela a la puerta. Entonces corrió Fouquet el cerrojo de un tablero que muraba la entrada de la puerta y que impedía fuera visto u oído lo que pasaba en el gabinete. Pero, contra toda probabilidad, sólo

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