por encerrarse se encerró así Fouquet, porque se fue derecho a su bufe-te, sentóse, abrió la cartera y se puso a buscar en la masa enorme de papeles que contenía.
Aun no habían transcurrido diez minutos desde que entrara y que había tomado todas las precauciones que hemos dicho, cuando el ruido repetido de muchos golpecitos iguales pareció llamarle toda su atención. Foquet alzó la cabeza y escuchó muy atentamente.
Los golpes continuaron, y entonces se levantó con un ligero movimiento de intranquili-dad, dirigiéndose a un espejo, detrás del cual, eran dados los golpes por una mano o por un mecanismo invisible.
Este espejo era enorme y estaba embutido en el tablero; otros tres completamente igua-les completaban la simetría de la habitación, y nada los distinguía del primero.
Indudablemente, aquellos golpecitos reiterados eran una señal, porque en el momento en que Fouquet se acercaba al espejo, escuchando, se renovó el mismo ruido y con el mismo compás.
–– ¡Oh, oh! ––exclamó el superintendente con sorpresa––. ¿Quién está ahí? Yo no es-pero hoy a nadie. Y, para responder sin duda a la señal, el superintendente tiró de un cla-vo dorado que había en el mismo espejo y lo agitó tres veces.
Después volvió a sentarse en su sitio y dijo:
––Que aguarden.
Y sumergiéndose en el océano de papeles extendidos a su vista, pareció únicamente ocupado del trabajo. En efecto, con una rapidez inexplicable y una lucidez maravillosa, Fouquet descifraba los más complicados escritos, corrigiéndolos y anotándolos con una pluma que parecía agitada por la fiebre; y, creciendo el trabajo entre sus dedos, multiplicábanse las