Fouquet, con la cabeza inclinada, tomó el camino de aquel subterráneo, a lo largo del cual corrían los hilos de metal que comunicaban de una casa a otra, transmitiendo, por la parte posterior de dos espejos, los deseos y llamamientos de dos personas en correspon-dencia.
Capítulo 55.- El Abate Fouquet
Fouquet apresuróse a volver a casa por el subterráneo, haciendo jugar el resorte del es-pejo. No bien entró en su gabinete oyó llamar a la puerta, y a la vez una voz conocida que gritaba:
––Abrid, señor, os lo ruego, abrid. Con rápido movimiento puso Fouquet un poco de orden en todo lo que podía denunciar su agitación y su ausencia, desparramó los papeles sobre el bufete, tomó una pluma y atravesó la puerta para ganar más tiempo aún.
–– ¿Quién sois? ––preguntó.
–– ¡Cómo! ¿No me conoce monseñor? ––respondió la voz.
“Sí tal ––pensó –– Fouquet––; sí tal, amigo mío, te conozco perfectamente.”
Y añadió en voz alta:
–– ¿No sois Gourville?
––Sí, señor.
Fouquet se levantó, echó la última ojeada sobre uno de los espejos, fue a la puerta, des-corrió el cerrojo y entró Gourville.
–– ¡Ah, señor, señor ––dijo––,qué crueldad!
–– ¿Por qué?
––Hace un cuarto de hora que os ruego me abráis, y ni siquiera me respondéis.
––Una vez por todas, ya sabéis que no quiero ser molestado cuando laboro, y aunque vos seáis una excepción, Gourville, quiero que mi