consigna sea respetada por los demás.
––En este instante, señor, hubiera desquiciado, arrancado y echado por tierra consig-nas, puertas, cerrojos y paredes.
–– ¡Ah! ¿Luego se trata de un gran suceso? ––preguntó Bouquet.
–– ¡Oh! Sin duda alguna, señor ––dijo Gourville.
–– ¿Y cuál es ese suceso? –– repuso Fouquet un poco asustado de la turbación de su más íntimo confidente.
––Señor, hay sesión secreta del tribunal de justicia.
––Ya lo sé; mas ¿se ha reunido ya, acaso, Gourville?
––No sólo se ha reunido, sino que ha dictado sentencia, señor.
–– ¡Sentencia! ––dijo el superintendente –– con un estremecimiento y palidez que no pudo disimular––. ¡Sentencia! ¿Contra quién?
––Contra dos amigos, vuestros.
––Lyodot y de Eymeris, ¿no es cierto?
––Sí, señor.
–– ¿Pero sentencia de qué?
––Sentencia de muerte.
–– ¡Dictado! ¡Oh! Os engañáis, Gourville, es imposible.
––Aquí está la copia de la sentencia, que el rey debe firmar hoy, si es que ya no la ha firmado.
Fouquet cogió ávidamente el papel, lo leyó y lo devolvió a Gourville.
––El rey no firmará ––dijo Gourville, meneó la cabeza.
––Señor, el señor Colbert es un consejero audaz, no os fiéis de él.
–– ¡Otra vez el señor Colbert! ––murmuró Fouquet. ¿Por qué viene a atormentar ese nombre mis oídos hace dos o tres días y en todas ocasiones? Esa es demasiada importan-cia, Gourville, para un sujeto tan insignificante. Que se presente el señor Colbert y lo miraré; que alce la