iluminación a todas las ventanas y balcones.
Capítulo 7.- Parry
Mientras el desconocido miraba con interés estas luces y prestaba atención a tales mo-vimientos, maese Cropole entró en su habitación con dos criados que prepararon la mesa.
El extranjero no prestó a ningúno de ellos la menor atención. Entonces Cropole, aproximándose a su huésped,, le deslizó al oído estos palabras con el más profundo respe-to:
––Caballero, el diamante ha sido apreciado.
–– ¡Ah! –– murmuró el viajero ––. ¿Y en cuánto?
––Señor, el joyero de Su Alteza Real da por él doscientos ochenta doblones de oro.
–– ¿Los tenéis?
––He creído que debía tomarlos, caballero; no obstante, he puesto por condiciones de venta que si queríais conservar vuestro diamante hasta que tuvieseis fondos... el diamante os sería devuelto.
––Nada de eso. Os he dicho que lo vendáis.
––Entonces, he obedecido, o algo menos, puesto que sin haberlo vendido definitiva-mente he tomado el dinero.
––Cobraos ––repuso el desconocido.
––Lo haré, ––caballero, ya que lo exigís tan imperiosamente.
Una melancólica sonrisa plegó los labios del caballero.
––Poned el dinero sobre ese cofre ––dijo volviendo la espalda al mismo tiempo que le indicaba el mueble con un ademán.
Cropole colocó en él un saco bastante repleto, de cuyo contenido sacó el precio de su alquiler.
––Ahora, caballero ––dijo––, no me daréis el disgusto de no cenar... Ya