concurrencia, y dijo al pollero:
–– Tomad ese pavo, amigo, que está más gordo que vuestro pollo. ––Esto es, señor –––concluyó triunfalmente el abate––, en lo que yo gasto mis rentas; sostengo el honor de la familia, señor mío. Fouquet se humilló.
––Y tengo ciento como ese ––prosiguió el abate.
––Bien ––dijo Fouquet––, dad vuestra cuenta a Gourville y permaneced aquí esta no-che.
–– ¿Se cena?
––Se cena.
–– ¿Pero la caja se halla cerrada?
––Gourville os la abrirá. Marchaos, señor abate; marchaos.
El abate ejecutó una reverencia.
–– ¿Conque somos amigos?––preguntó.
––Sí, amigos. Venid, Gourville.
–– ¿Os vais? ¿No cenáis aquí?
––Volveré dentro de una hora, no tengáis cuidado, abate.
Y añadió en voz baja a Gourville.
–– Ordénese que preparen mis caballos ingleses y que hagan alto en la Casa Consisto-rial de París.
Capítulo 56.- El Vino de M. de La Fontaine
Marchaban ya las carrozas de los convidados de Fouquet a Saint Mandé, y hacíanse en la casa los preparativos necesarios, cuando el superintendente lanzó sus ligeros caballos camino de París, y tomando por los muelles para encontrar menos gente en la travesía, llegó a la Casa Consistorial. Serían las ocho menos cuarto. Fouquet se apeó en la esquina de la calle de Long Pont y se dirigió a pie con Gourville hacia la plaza de la Greve.
En esta plaza vieron un hombre con traje negro y morado, de buena