habéis rehusa-do la comida, lo cual es ultrajante para la casa de Los Medicis. Ya veis, la cena está ser-vida, y aun me atrevo a añadir que tiene buena cara y buen sabor.
El desconocido pidió un vaso de vino; cortó un pedazo de pan, y no, se separó de la ventana ni para comer ni para beber.
Al poco rato oyóse un estrepitoso ruido de timbales y trompetas; los gritos que se alza-ban a lo lejos y un confuso rumor aturdió la parte alta de la ciudad; el primer ruido distin-to que hirió los oídos del extranjero, fue el andar de los caballos que se aproximaban.
––¡El rey! ––exclamó Cropole, que se alejó de su huésped y de sus ideas de delicadeza para satisfacer su curiosidad. Con Cropole tropezaron y confundieron en la escalera la señora Cropole, Pittrino, los ayudantes y los marmitones.
––El séquito avanzaba lentamente, iluminado por centenares de antorchas, ya desde la calle, ya desde las ventanas.
Después de una compañía de mosqueteros y de un cuerpo compacto–– de caballeros, venía la litera del cardenal Mazarino, arrastrada como una carroza por cuatro caballos negros.
Detrás de ella marchaban los pajes y las gentes del cardenal.
A continuación iba la carroza de la reina madre, con sus damas de honor a las portezue-las y sus caballeros montados a los lados.
El rey aparecía detrás, montado en un admirable caballo de raza sajona de largas crines. El joven príncipe mostraba, saludando a algunas ventanas, de donde salían las más vivas aclamaciones, su noble y gracioso rostro iluminado por ras antorchas de sus pajes.
A los lados del rey, pero dos pasos más atrás, el príncipe de Condé, el señor Dangeau y otros veinte cortesanos, seguidos de sus gentes y bagajes