ciento cincuenta veces más por el esmero. El señor Colbert no ha tenido siquiera el talento de hacerle aceptar el testamento de Mazarino; por consiguiente, cuando uno es el más rico de un reino y quiere tomarse el traba-jo de gastar el dinero, si no se hace lo que una quiere, es porque uno es un pobre hombre. Volvamos, os digo, a Saint Mandé.
–– ¿Para consultar a Pellisson?
––Sí.
––No, monseñor para contar vuestro dinero,
–– ¡Vamos! ––dijo Fouquet con ojos inflamados––. ¡Sí, sí! Vamos a Saint Mandé.
El y Gourville subieron a la carroza. En la esquina del barrio de San Antoin hallaron el carruaje de Vatel, que conducía tranquilamente su vino de Joigny.
Lanzados a toda brida, los caballos negros espantaron al paso a la tímida caballería del maestresala, quien, sacando la cabeza por la portezuela, gritó asustado:
–– ¡Cuidado con mis botellas!
Capítulo 57.- La Galería de Saint Mandé
Cincuenta personas esperaban al superintendente, el cual, sin entregarse ni por un mo-mento a su ayuda de cámara, pasó al primer salón. Allí permanecían reunidos y charlando sus amigos. El intendente se disponía a hacer servir la comida; pero, sobre todos, el abate Fouquet acechaba la vuelta de su hermano, y procuraba hacer los honores de la casa en ausencia de aquél.
A la llegada del superintendente hubo un murmullo de alegría y cariño; Fouquet, lleno de afabilidad, de buen humor y de magnificencia, era amado por sus poetas, sus artistas y sus agentes de negocios. Su frente, en la