cual leía su pequeña corte; como en la de un dios, todas las actividades del alma, para hacer de ellas reglas de conducta; su frente, que jamás arrugaron los godos, aparecía aquella noche más pálida que de costumbre, y más de una mirada amiga observó esa palidez. Fouquet se colocó en el centro de la mesa, pre-sidió alegremente la comida, y cantó a La Fontaine la expedición de Vatel.
Contó la historia de Menneville y del pollo flaco a Pellisson, de tal manera que la oyó toda la concurrencia.
Entonces hubo una tempestad de risas y de bromas, que sólo se contuvo con un gesto serio y triste de Pellisson.
No sabiendo el abate Fouquet con qué propósito había sacado su hermano la conversa-ción sobre este punto, escuchaba con todos sus oídos y buscaba en el rostro de Gourville, o en el del superintendente, una explicación que en ninguna parte hallaba.
Pellisson tomó la palabra.
–– ¿Con que se habla del señor Colbert? ––preguntó.
–– ¿Por qué no ––dijo Fouquet––, si es verdad, como dicen, que el rey lo ha hecho su intendente?
––Ni bien hubo dejado Fouquet escapar esta palabra, pronunciada, con marcada inten-ción, cuando estalló una explosión entre los convidados:
–– ¡Un avaro! ––dijo uno.
–– ¡Un canalla! ––dijo otro.
–– ¡Un hipócrita! ––dijo un tercero.
Pellisson cambió una mirada profunda con Fouquet.
––Señores ––dijo––, verdaderamente, estamos maltratando a un hambre que nadie co-noce; esto no es caritativo ni razonable, y estoy seguro que el señor superintendente es de la misma opinión.