–– ¡Silencio! ––ordenó Fouquet––. Alguien se aproxima. ¡Oh! Los fuegos artificiales son de un efecto magnífico.
En aquel momento cayó una lluvia de chispas en los ramajes del bosque inmediato.
Pellison y Gourville salieron juntos por la puerta de la galería, y Fouquet bajó al jardín con los otros cinco conjurados.
Capítulo 58.- Los Epicúreos
Como Fouquet prestaba, o simulaba prestar toda su atención a las brillantes iluminacio-nes, a la música lánguida de los violines y de los oboes, y a los chispeantes cohetes de las fuegos que, iluminando el cielo con intensos reflejos, recortaban la silueta sombría del torreón de Vincennes; y, como también sonríe a las damas y a los poetas, su fiesta no fue menos alegre que de costumbre. Vatel, cuya mirada, inquieta y hasta celosa, interrogaba con insistencia la de Fouquet, no se mostró descontento de la acogida hecha al orden del sarao.
Terminados los fuegos, todos se dispersaron par los jardines y bajo los pórticos de mármol, con aquella dulce libertad que denuncia en el amo de la casa olvido de la grandeza; hospitalidad exquisita y tanta suntuosidad descuidada.
Los poetas comenzaron a vagar, cogidos del brazo, por los bosquecitos, y aun algunos se tendieron sobre lechos de musgo, con gran detrimento de los vestidos de terciopelo y de los bordados, en los que se introducían las hojas secas más pequeñas Y los tallos de verdura.
Las damas, en corto número, escucharon los cánticos de los artistas y los versos de las poetas; otras escucharon la prosa que decían, con mucha arte, hombres que no eran cómi-cos ni poetas, mas a quienes la juventud y la soledad daban una elocuencia extraordinaria, que les parecía preferible