a todas.
–– ¿Por qué ––preguntó La Fontaine–– no ha bajado al jardín nuestro maestro Epicuro? Nunca Epicuro abandona a sus discípulas.
––Señor ––díjole Conrart––, hacéis mal persistiendo en decorar con el nombre de epi-cúreo; en verdad que nada recuerda aquí la doctrina de ese filósofo.
–– ¡Bah! ––repuso La Fontaine––. ¿No está escrito que Epicuro compró un jardín y que vivió tranquilamente en él con sus amigos?
––Cierto.
––Pues bien, ¿no ha comprado el señor Fouquet un hermoso jardín en Saint Mandé, y no vivimos aquí muy tranquilamente con él y nuestros amigos?
––Sin duda, pero ni el jardín ni los amigos pueden servir de comparación. Por otra par-te, ¿dónde está la semejanza de la doctrina del señor Fouquet con la de Epicuro?
–– En esta: “el placer proporciona la felicidad”.
–– ¡Y bien!
–– ¿Y qué?
––No creo que nos encontremos desgraciados; yo, por lo menos, no. Buena comida, vi-no de Joigny, que tiene la atención de ir a buscarme a mi taberna favorita, y ningún dis-gusto en una hora de mesa, a pesar de haber diez millonarios y veinte poetas.
––Alto ahí. ¿Habéis hablado de vino de Joigny y de buena comida? ¿Insistís en ello?
––Insisto, al hecho, como se dice en Port Royal.
–– Entonces, tened presente que el gran Epicuro vivía y hacía vivir a sus discípulos con pan, legumbres y agua clara.