Gourville, os reco-miendo mis convidados. Y partió.
Los epicúreos no advirtieron que el jefe de la escuela había desaparecido; los violines tocaron durante toda la noche.
Capítulo 59.- Quince Minutos de Retraso
La segunda vez que en aquel día, salía Fouquet de casa, sentíase menos torpe y turbado de lo que pudiera creerse.
Dirigiéndose a Pellisson, que en un rincón de la carroza meditaba gravemente alguna buena argumentación contra los entusiasmos de Colbert, le dijo:
––Mi querido Pellisson, es lástima que no seáis mujer.
––Lo creo, al contrario, una fortuna ––replicó Pellisson––, porque, al fin, monseñor, soy excesivamente feo.
–– ¡Pellisson! ¡Pellisson! ––dijo el superintendente riendo––. Repetís demasiado que sois feo para no dejar de creer que esto os causa mucha pena.
Mucha, efectivamente, monseñor; no hay ningún hombre más desgraciado que yo; yo era guapo, pero las viruelas me volvieron horrible. Estoy privado de un gran medio de seducción; pero, si siendo vuestro primer dependiente, o poco menos, y manejando vues-tros negocios e intereses, me convirtiese en una mujer hermosa, os prestaría un servicio, importante.
–– ¿Cuál?
––Iría a ver al alcaide del palacio, lo seduciría, porque es un cortejador y un enamorado ridículo, y me traería los dos presos.
––Eso espero yo hacer, aunque no sea una mujer bonita ––replicó Bouquet.
––Conforme, monseñor; pero os comprometéis mucho.
–– ¡Oh! ––exclamó de pronto Fouquet, con uno de esos secretos transportes de quien tiene en sus venas la sangre generosa de la juventud