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o el recuerdo de una emoción dul-ce.   
   –– ¡Oh! Conozco una mujer que será, con el teniente de alcaide de la Conserjería el personaje que necesitamos.
   ––Yo conozco cincuenta, monseñor; pero son cincuenta trompetas que enterarán al uni-verso entero de vuestra generosidad, de vuestro sacrificio por los amigos; y que, por tanto os perderán tarde o temprano perdiéndose ellas.
   ––Yo no me refiero a esas mujeres, Pellisson; hablo de una criatura noble y bonita que une al talento de su sexo el valor la sangre fría del nuestro; hablo de una mujer bastante bella para que los muros de la cárcel se inclinen para saludarla; de una mujer bastante prudente para que nadie sospeche por quién va enviada.
   ––Un tesoro ––exclamó Pellisson––; haríais un gran regalo al señor alcaide de la Con-serjería. ¡Diablo! Monseñor, podría suceder que le cortasen la cabeza; pero antes de morir habría tenido una fortuna, tal como nadie la ha encontrado antes que él.
   ––Y añado ––dijo Fouquet––, que no cortarán la cabeza al alcaide, pues se salvará con mis caballos, que yo le daré, y con quinientas mil libras para vivir holgadamente en In-glaterra; añado también que esa mujer, amiga mía, no le dará otra cosa que los caballos y el dinero. Vamos a buscar a esa mujer, Pellisson.
   El superintendente tendió la mano hacia el cordón de seda y oro colocado en el interior de la carroza, mas lo detuvo Pellison.
   ––Monseñor ––dijo––, vais a perder en busca de esa mujer tanto tiempo como Colón tardó en encontrar el Nuevo Mundo. No disponemos más que de dos horas, y si el alcaide se acuesta, ¿cómo hemos de penetrar en su casa sin gran ruido? Si llega a ser de día, ¿cómo ocultaremos nuestros pasos? Id,

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