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   –– ¿Qué?
   ––Que el señor Lyodot y el señor Eymeris ya no están aquí.
   –– ¿Desde cuándo? ––preguntó temblando Fouquet.
   ––Desde hace un cuarto de hora.
   ––Pues ¿dónde se hallan?
   ––En el torreón de Vincennes.   
   –– ¿Quién los ha sacado de aquí?   
   ––Una orden del rey.   
   –– ¡Desgracia! ––murmuró Fouquet golpeándose la frente––. ¡Desgracia!
   Y sin decir una palabra más al alcaide, quedó, en su carroza con la desesperación en el alma y la muerte en el semblante.
   –– ¿Qué hay? ––dijo Pellisson con ansiedad.
   –– ¡Nuestros amigos están perdidos! ¡Colbert los ha llevado al torreón! Ellos eran con quienes nos cruzamos en la arcada de San Juan. Herido Pellisson como por un rayo; no contestó palabra. Con un solo reproche hubiera matado a su amo.
   –– ¿Dónde va, monseñor? ––preguntó el lacayo.
   ––A mi casa de París; vos, Pellisson, volved a Saint Mandé y enviadme al abate Fou-quet para dentro de una hora. ¡Marchad!

   Capítulo 60.- Plan de Batalla

   Estaba muy avanzada la noche cuando el abate Fouquet entró en el cuarto de su herma-no. Gourville le seguía. Estos tres hombres estaban pálidos, presintiendo acontecimientos futuros, y parecían menos tres poderosos del día que tres conspiradores unidos por igual pensamiento de violencia. Fouquet se paseaba hacía mucho tiempo con los ojos bajos , y las manos cruzadas.
   Tomando por fin valor y dando un gran suspiro:

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