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   ––Abate ––dijo––, hoy mismo me habéis hablado de ciertas gentes a quienes mante-néis.
   ––Sí, monseñor ––respondió el abate.
   ––La verdad, ¿quiénes son esas gentes?
   El abate vaciló.
   –– ¡Vamos! Nada de miedo, que no amenazo; nada de bromas, que no chanceo.
   ––Ya que me preguntáis la verdad, monseñor, os diré que tengo ciento veinte amigos o compañeros de placeres, tan unidos a mí como los ladrones a la horca.
   –– ¿Y podéis contar con ellos?   
   ––Absolutamente.
   –– ¿Y no os comprometeréis?   
   –– Ni me lo figuro siquiera.   
   –– ¿Y son gente decidida?   
   ––Quemarán a París si les prometo que ellos no serán quemados
   ––Lo que yo os pido, abate ––dijo Fouquet––, es lanzar, vuestros ciento veinte hombres sobre la gente que yo designe en un momento dado... ¿Es posible?
   ––No será la vez primera que les suceda tal cosa, monseñor.
   ––Bien; pero, ¿esos bandidos atacarán... a la fuerza armada?   
   ––Es su costumbre.   
   ––Entonces, reunid vuestros ciento veinte hombres, abate.   
   ––Corriente. Y; ¿dónde?
   ––En el camino de Vincennes, mañana, a las dos en punto.   
   –– ¿Para arrebatar a Lyodot y a Eymeris?. . .
   ––Habrá golpes que recibir.

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