gran ejecución, dividiese en dos categorías: los que desean presenciar el paso de los condena-dos (corazones tímidos y dulces, curiosos de filosofía) y los que desean presenciar la muerte del sentenciado (corazones ávidos de sensaciones).
Aquel mismo día había recibido el señor de Artagnan sus últimas instrucciones del rey, y dado el correspondiente adiós a sus amigos, cuyo número quedaba reducido por al mo-mento a Planchet. En seguida trazóse el plan de aquel día como debe hacerlo todo hom-bre ocupado, cuyos momentos cuenta porque aprecia su importancia.
––Mi marcha ––dijo–– está fijada para el amanecer; a las tres de la mañana; de modo que tengo quince horas mías. Quitemos las horas del sueño que me son indispensables, seis; una para la comida; siete; una de visita a Athos, ocho; y dos para casos imprevistos: total, diez: Todavía me quedan cinco horas. Una para hacer que me nieguen el dinero en casa de Fouquet; otra para ir a buscar ese dinero a casa del señor Colbert y recibir sus preguntas y sus gestos; y otra para inspeccionar mis armas, mis vestidos, y hacer que den manteca a mis botas. Aún me restan dos horas. ¡Pardiez! ¡Qué rico soy!
Al decir esto sintió Artagnan una alegría extraña, alegría de joven, perfume de aquellos hermosos y felices años de otro tiempo que subían a su frente y lo embriagaban.
––En esas dos horas ––dijo el mosquetero–– iré a “La Imagen de Nuestra Señora.” ¡Trescientas setenta y cinco mil libras! ¡Diantre! ¡Es sorprendente! Si el pobre que sólo tiene una libra en el bolsillo, tuviese una libra y doce sueldos, sería cosa muy justa; pero jamás suceden al pobre semejantes venturas. El rico, por el contrario, créase rentas con su dinero, al cual no toca jamás. ¡He aquí trescientas setenta y cinco mil