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   Los dos últimos bebedores, en vez de mirar por esta ventana, alimentaban el fuego.
   Al ver entrar a Artagnan y a su amigo, exclamaron:
   –– ¡Ah, ah! Refuerzo.
   Artagnan dio con el codo a Raúl.   
   ––Si, valientes, refuerzo ––dijo––. ¡Diantre! Vaya un fuego famoso...
   –– ¿Qué vais a cocer en él?
   Los dos hombres rompieron en una carcajada jovial, y, en lugar de responder, añadie-ron leña al fuego.
   Artagnan no se cansaba de contemplarlos.
   ––Vamos ––dijo uno de los hombres––; os envían para decirnos el momento, ¿no es verdad?
   ––Sin duda ––dijo Artagnan, que deseaba saber a qué atenerse––. ¿A qué vendría yo aquí, si no fuese a eso?
   ––Entonces, poneos a la ventana, si queréis y observad.
   Artagnan sonrió en su interior, hizo una seña a Raúl y se puso complaciente a la venta-na.

   Capítulo 62.- ¡Viva Colbert!

   Era un espectáculo espantoso el que presentaba en aquel momento la plaza de la Greve.
   Las cabezas, niveladas por la perspectiva, extendíanse espesas y ondulantes, como las espigas devasto trigal.
   De vez en cuando un ruido singular y un rumor lejano hacían oscilar más las cabezas y brillar centenares de ojos.
   A veces sentíase una gran conmoción. Todas aquellas espigas doblegábanse y se con-vertían en oleadas más movedizas que las del Océano, que rodando de las extremidades al centro iban a chocar, como aguas agitadas, en la

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