fila de arqueros que rodeaba las hor-cas.
Entonces bajaban las alabardas y amagaban sobre las cabezas o sobre los hombros de los invasores, en cuyo caso abríase un ancho círculo en derredor de la guardia, espacio conquistado a costa de las extremidades, que sufrían a su vez súbita opresión contra los parapetos del Sena.
Desde lo alto de la ventana que dominaba toda la plaza, vio Artagnan con interior satis-facción que todos aquellos mosqueteros y guardias que se hallaban entre la mulitud, sabí-an hacerse lugar a fuerza de golpes dados con el pomo de la espada. También notó que habían conseguido, por ese espíritu de cuerpo que dobla las fuerzas del soldado, reunirse en un grupo de unos cincuenta hombres, y que, a excepción de una docena de extraviados, a quienes veía errar de acá para allá, el grupo estaba a distancia de su voz. Pero no sólo los mosqueteros y guardias eran los que llamaban la atención de Artagnan. Alrede-dor de las horcas, sobre todo en las inmediaciones de la arcada de San Juan, se agitaba un torbellino ardiente; rostros atrevidos y aun resueltos se distinguían por todas partes en medio de fisonomías serenas y rostros indiferentes, cambiaban señales y se daban las manos. Artagnan, divisó en los grupos, y en los grupos más animados, la catadura del caballero que había visto entrar por la puerta de comunicación de su jardín, y que había subido al piso principal a fin de arengar a los bebedores. Este hombre organizaba partidos y distribuía órdenes.
–– ¡Pardiez! ––exclamó Artagnan––. No me engañaba; yo conozco a ese hombre. ¡Es Menneville! ¿Qué diantres hace aquí?
Un sordo murmullo, que se acentuaba por grados, detuvo su reflexión y atrajo sus mi-radas hacia otro lado. Aquel murmullo era producido por la llegada de los reos, a quienes precedía un fuerte piquete de arqueros que