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desgraciados en un minuto.
   Mientras tanto, se apiña la gente en derredor de Artagnan, lo felicitan y lo lisonjean. El enjuga el sudor de su frente y la sangre de su espada, y se encoge de hombros al ver a Menneville revolcarse a sus pies en las últimas convulsiones de la agonía. Y en tanto que Raúl vuelve los ojos compasivamente, él enseña a los mosqueteros las horcas cargadas con su triste peso:
   –– ¡Cobres diablos! ––dijo––. Espero que hayan muerto bendiciéndome, porque los he salvado de buena.
   Estas palabras llegan a Menneville en el instante en que va á dar su último suspiro. Una sonrisa irónica y sombría doblega sus labios; quiere responder, pero el esfuerzo que hace acaba su vida y expira.
   –– ¡Oh! Todo esto es espantoso murmuró ––Raúl––: Vámonos, señor caballero.
   ––   ¿No estáis herido? ––preguntó Artagnan.
   ––No, gracias.
   –– ¡Bien! ¡Eres un valiente, diantre! Esta es la cabeza del padre y el brazo de Porthos. ¡Ah! Si hubiera estado aquí Porthos hubiera visto cosa buena.   
   Y luego, murmuró a modo de recuerdo:
   –– ¿Pero dónde diablos estará ese valiente Porthos?
   ––Venid, señor, venid ––insistió Raúl.
   Aguárdame un minuto, amigo mío, que voy a tomar mis treinta y siete doblones y me-dio y soy contigo. La casa rinde provecho prosiguió Artagnan entrando en la taberna “La Imagen de Nuestra Señora” pero aun cuando fuese menos productiva, mejor la desearía en otro barrio.

   Capítulo 63.- Cómo el Diamante de M. de Eymeris alcanzó a Artagnan


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