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   Mientras ocurría en la Grève esta ruidosa y sangrienta escena, muchos hombres, para-petados detrás de la puerta de comunicación del jardín, envainaban sus aceros, ayudaban a uno de ellos a montar en un caballo ensillado que esperaba en el jardín, y como bandada de pájaros aterrorizados, huían en todas direcciones, unos escalando las tapias, otros pre-cipitándose por las puertas con todo el ardor del pánico.   
   El que montó a caballo, al que hizo sentir la espuela con tanta brutalidad que poco faltó para que saltase la tapia, atravesó la plaza Baudoyer, pasó como un relámpago por entre la multitud de las calles, arrojando personas a tierra, y diez minutos después llegó a la puerta de la superintendencia más jadeante aún que su caballo.
   Al ruido ensordecedor del hierro sobre las piedras apareció el abate Fouquet en una ventana del patio, y aun antes que el jinete hubiera echado pie a tierra le preguntó inclinando el cuerpo fuera de la ventana.
   –– ¿Qué sucede, Danicamp?   
   –– ¡Todo ha concluido! ––respondió el jinete.
   –– ¡Concluido!––murmuró el abate––. ¿Luego han sido salvados?   
   ––No, señor ––replicó el jinete–– han sido ahorcados.   
   –– ¡Ahorcados! ––repitió el abate poniéndose pálido.
   De pronto se abrió una puerta lateral y apareció Fouquet en la sala, pálido, asustado, con los labios entreabiertos por un grito de dolor y de ira.
   Detúvose en el umbral escuchando lo que hablaban desde él patio a la ventana.
   –– ¡Canalla! ––dijo el abate–– ¿Conque no os habéis batido?   
   ––Como leones.
   ––Decid como cobardes.   

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