Fouquet sacó de un dedo un diamante que valía más de mil doblones.
––Señor ––dijo—, la piedra que veis me la regaló un amigo de la infancia, un hombre a quien habéis hecho un gran servicio.
La voz de Fouquet alteróse sensiblemente.
–– ¡Un servicio! ¡Yo! ––dijo el mosquetero––. ¿Yo he hecho un servicio a un amigo .vuestro?
––No podéis haberlo olvidado señor, porque ha sido hoy mismo.
–– ¿Y cómo se llama ese amigo?
––El señor de Eymeris.
–– ¿Uno de los reos?
––Sí, una de las víctimas. Pues bien, señor de Artagnan, en gracia al servicio que le habéis hecho, os ruego que aceptéis este diamante. Hacedlo por amor mío.
––Monseñor...
––Aceptad, os digo. Hoy es para mí un día de duelo; quizá sepáis esto más tarde; hoy, he perdido, un amigo; pues bien, pretendo encontrar otro.
––Pero, señor Bouquet…
––Adiós, señor de Artagnan, adiós ––murmuró Fouquet con el corazón dilatado–– Hasta la vista.
Y el ministro salió de su gabinete, dejando en manos del mosquetero la joya y las veinte mil libras.
–– ¡Oh! ––repuso Artagnan después de un momento de reflexión, sombría––. ¿Si com-prenderé esto? ¡Diantre! Sí, lo comprendo. ¡Es un hombre muy obsequioso! ... Voy a hacer que me explique esto el señor Colbert.
Y salió. .
Capítulo 64.- De la Notable Diferencia que Encontró Artagnan entre el
Señor y el Monseñor