El señor Colbert residía en la calle de Neuve des Petits Champs, en una casa que antes había pertenecido a Beautrú.
Las piernas de Artagnan hicieron la travesía en menos de un cuarto de hora.
Cuando llegó a la casa el nuevo favorito, estaba el palacio lleno de arqueros y de policí-as que iban a felicitarle o excusarse, según el modo que tuviera de presentarse. El senti-miento de adulación es instintivo entre gentes de condición abyecta, porque lo sienten coma el animal salvaje el oído o el olfato. Estas gentes, o su jefe, habían comprendido que se proporcionase un gran placer al señor Colbert dándole cuenta del modo con que había sido pronunciado su nombre durante el alboroto.
Justamente se presentaba Artagnan en el instante mismo en que el jefe de la ronda hacía su relato, y se quedó junto a la puerta, detrás de los arqueros.
El jefe cogió a Colbert aparte, no obstante, su resistencia y el fruncimiento de sus gran-des cejas, y le dijo:
––En el caso, señor, en que realmente hubieseis deseado que el pueblo hiciese justicia de los traidores, habría sido prudente avisarnos; porque, al fin, señor, a pesar de nuestro dolor por desagradaros o contrariar vuestras miras, teníamos nuestra consigna que cum-plir.
–– ¡Tonto! ––contestó Colbert furioso sacudiendo sus cabellos espesos y negros como crines––. ¡Qué me estáis contando! ¿Qué? ¡Que yo hubiera tenido la idea de un tumulto! ¿Estáis loco o borracho?
––Pero, señor, han gritado ¡viva Colbert! ––replicó, muy emocionado el jefe de la ron-da.
––Un puñado de conspiradores.
–– ¡No, no, una masa del pueblo!