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   Capítulo 8.- Su Majestad Luis XIV a los Veintidós Años

   Ya hemos visto, por la descripción hecha, que la entrada de Luis XIV en la ciudad de
   Blois fue ruidosa y brillante. De modo que la joven majestad pareció muy satisfecha.
   Al llegar bajo el porche del castillo de los Estados, halló el rey rodeado de sus guardias y de sus caballeros a Su Alteza Real el duque, Gastón de Orleáns, cuya fisonomía, de suyo bastante majestuosa, había tomado, de la solemne circunstancia en que se encontra-ba, nuevo lustre y nueva dignidad.
   Por su parte, Madame, adornada con sus grandes vestidos de ceremonia, esperaba en un balcón interior la entrada de su sobrino. Todas las ventanas del antiguo castillo, tan solita-rio y tan triste en los días ordinarios, estaban resplandecientes de damas y de antorchas.
   Al ruido de los tambores, de las trompetas y de los vivas, franqueó el joven monarca el umbral de este castillo, donde Enrique III, setenta y dos años antes, había llamado en su auxilio al asesinato y la traición, para, sostener en su cabeza y en sus manos una corona que ya se estacaba de su frente para caer en otra familia.
   Todos los ojos, después de haber admirado al joven monarca, tan hermoso y tan noble, buscaban a ese otro rey de Francia, más rey en otro tiempo que el primero, y tan viejo, tan pálido y encorvado, que llamaban el cardenal Mazarino.
   Luis estaba dotado entonces de todos esos dones naturales que confluyen un caballero perfecto: sus miradas eran dulces y brillantes, y sus ajos de un azulado puro. Pero los más inteligentes fisonomistas, esos profundizadores del alma, al fijar en él sus miradas, si fuera dado a un

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