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   Artagnan no rehuyó; por tanto, la satisfacción de reír a costa del señor intendente desde la calle Neuve des Petits Champs hasta la de los Lombardos.
   Aún reía cuando se le presentó Planchet, riendo también en la puerta de su casa.
   Porque Planchet, desde el regreso de su` patrón y de la entrada de las guineas inglesas, pasaba la mayor parte de su tiempo en hacer lo que Artagnan acababa de ejecutar desde la calle Neuve des Petits Champs hasta la de los Lombardos.
   ¿Llegáis, por fin, mi querido amo?
   –– No, amigo mío ––respondió el mosquetero––, me marcho un poco de prisa; es decir, voy a comer, a acostarme, a dormir cinco horas, y a montar a caballo al amanecer... ¿Se, le ha dado ración, y media á mi ,caballo?
   ––¡Caray! Querido amo ––dijo Planchet––, bien sabéis que vuestro caballo es el dije de la casa; mis sirvientes lo besan todo el día y le hacen comer azúcar, nueces y bizcochos. ¿Me preguntáis si se le ha dado su ración de avena? Preguntadme más bien si no ha teni-do con qué hartarse diez veces.
   ––Bien, Planchet, bien. Pasemos a lo que, concierne. ¿Y la comida?   
   –– ¡Al momento! ¡Un asado, vino blanco; cangrejos y cerezas frescas. Todo es nuevo, mi querido amo.   
   –– Eres un hombre amable, Planchet; comamos, pues, y que yo me acueste.
   Durante la comida observó Artagnan que Planchet se rascaba frecuentemente la frente, como para facilitar la salida de una idea acomodada con estrechez en su cerebro. Miró con aire afectuoso a su digno compañero de sus viajes de otro tiempo, y chocando vaso con vaso, le dijo:

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