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   Terminado esté monólogo, Artagnan sé echó a reír ,hacienda silbar su varilla: iba por el medio de la calle espantando los pájaros y escuchando los luises que danzaban a cada sacudida en su bolsa de cuero; y, necesario es confesarlo, cada vez que Artagnan se en-contraba en semejantes condiciones, no era la ternura su vicio principal.
   Entonces sí que se parecía al señor de Turena, cuando el señor de Turena no amaba a los españoles.
   No obstante, el mosquetero, no pudo menos de tomarse alguna pena por la paz del re-ino, que debían comprometer otra vez las querellas de los grandes. Acordóse cuán poderoso era el señor Fouquet, y cuán sostenido se encontraba. Sumó por una parte los die-ciocho millones de Luis XIV, y por otra los infinitos recursos del superintendente, pero con su inflexible imparcialidad, garantida por un desdén eterno a las medianías del rencor venenoso del señor Colbert, y cuando tuvo bien hecha su cuenta, pensó:
   “Vamos, la expedición no es muy   peligrosa, y mi viaje será como aquella comedia que mister Monk me llevó a ver a Londres, y que se denomina, según creo, Mucho ruido para nada”

   Capítulo 66.- El Viaje

   Era tal vez la quincuagésima vez, desde el día que abrimos esta historia, que este hom-bre de corazón de bronce músculos de acero abandonaba su casa, amigos, todo, en fin, por ir en busca de la fortuna y de la suerte. La una, es decir, la suerte, había retrocedido constantemente ante él como si le hubiera tenido miedo, la otra, esto es, la fortuna, sólo de un mes a aquella parte había hecho alianza, con él.
   Aunque no fuese un gran filósofo, según Epicuro o según Sócrates, era una imaginación vigorosa con la práctica de la vida y del pensamiento. Nadie es valiente, aventurero y diestro como era Artagnan, sin ser al

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