súbdito sostener la mirada del rey, jamás hubiera podido hallar el fondo de ese abismo de dulzura. Y era que los ojos del rey se parecían a la inmensa profundidad de las bóvedas celestes, o a las más aterradoras y casi tan sublimes que el Mediterráneo abre bajo la quilla de los navíos en un espléndido día de verano; ¡espejo gigantesco donde el cielo quiere reflejar unas veces sus estrellas, otras sus tempestades!
Era el rey de corta estatura, pues apenas medía cinco pies y dos pulgadas, pero su ju-ventud hacía esconder el defecto, cubierto además por una gran nobleza en todos sus mo-vimientos, y por cierta ligereza en los ejercicios corporales.
Esto era ser rey, y mucho más que rey en aquella época de respeto y adhesión tradicio-nales, pero como hasta entonces lo habían mostrado muy poco y siempre humildemente al pueblo, y como aquellos a quienes se mostraba siempre veían a su lado a su madre, mujer de elevada estatura, y al señor cardenal, hombre de hermosa presencia, muchos lo encontraban muy poco rey para decir: “El rey es menos grande que el cardenal.”
Sea lo que quiera estas observaciones físicas que se hacían, sobre todo en la capital, el príncipe fue acogido como un dios por los habitantes de Blois, y casi como un rey por su tío y su tía, Monsieur y Madame, habitantes del castillo.
Sin embargo, menester es decir, que cuando vio en la sala de recepción, sillones de una misma altura para él, su madre, el cardenal, su tío y su tía, disposición hábilmente por la forma circular de la asamblea, Luis XIV enrojeció de ira, y miró en derredor suyo para cerciorarse, por la fisonomía de los concurrentes, si tal humillación le había sido prepara-da mas, como nada vio en el rostro impasible del cardenal, nada en el de su madre, nada en el de los concurrentes, se resignó y tomó asiento, teniendo