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   No todo el mundo penetraba allí; la isla, que tenía una extensión de seis leguas de larga por otras seis de ancho era una propiedad que el pueblo había respetado mucho tiempo, cubierta como estaba con el nombre de Retz, tan fuertemente temido en la región.
   Poco después de la creación de este señorío enmarquesado por Carlos IX; Bella Isla había pasado al señor Fouquet.
   La celebridad de la isla no databa de ayer; su nombre se remontaba a la más alta anti-güedad: los antiguos la llamaban Kalonese, de dos palabras griegas que significaban isla hermosa.
   De modo, que a dieciocho siglos de distancia, había llevado en otro idioma el mismo nombre de ahora.
   Algo era en sí esta propiedad del superintendente, sin contar con su posición a seis le-guas de la costa de Francia; posición que le hacía soberana en su soledad marítima.
   Artagnan se enteró de todo esto sin que pareciese, que preguntaba nada, y también supo que el mejor medio de tomar lenguas era pasar a la Roche Bemard, ciudad bastante im-portante en la embocadura del Vilaine.
   Allí quizá podría embarcarse, y, atravesando los salitrosos mares, llegar a Guerande o Croisic, para esperar la ocasión de pasar a Belle Isle. Desde su salida de Chateaubriand había conocido que todo era Posible para Furet bajo el impulso del señor Agnan, y nada al señor Agnan sobre la iniciativa de Furet.
   Apresuróse, pues, a comer una cercata y una tórtola en una posada de la Roche Ber-nard, y ordenó subir de la bodega, para rociar estos manjares bretones, una sidra que co-noció por más bretona aún con sólo acercarla a los labios.

   Capítulo 67.- Artagnan Conoce a un Poeta Convertido en Editor para Poder


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