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Antes de ponerse a la mesa; tomó Artagnan sus informes, como tenía de costumbre; pe-ro es un axioma de curiosidad que todo hombre que quiere preguntar bien y fructíferamente debe empezar por ofrecerse él mismo a las preguntas. Artagnan buscó, pues, con su habilidad ordinaria, un preguntador útil en la hostería de la Roche Bernard.
Y casualmente había en el primer piso de esta casa dos viajeros que también se ocupa-ban en los preparativos de su comida.
Artagnan vio en la cuadra sus monturas y en la sala sus equipajes. El uno viajaba con lacayo, como una especie de personaje; dos yeguas, hermosos animales, le servían de montura.
El otro, compañero bastante exiguo, viajero de mezquina apariencia y polvoriento ga-bán, había llegado de Nantes en un carretón arrastrado por un caballo de tal modo seme-jante a Furet en el colar, que Artagnan hubiese andado cien leguas antes de encontrar otro mejor para emparejar un tiro.
El carretón contenía distintos paquetes envueltos en lienzos viejos. “Este viajero ––dijo para sí Artagnan––, es de mi calaña; me conviene y yo debo convenirle. El señor Agnan, con su jubón y su casquete raído, no es digno de comer con el señor de las botas viejas y el vicio caballo.”
Luego, llamó Artagnan al posadero y le mandó que subiese su cerceta y su sidra a la del señor de los exteriores modestos.
Y subiendo con una silla en la mano una escalera que conducía a la sala, se puso a lla-mar a la puerta.
––Entrad ––dijo el. desconocido. Artagnan entró.
––Disimulad, señor ––dijo––, soy como vos un viajero, no conozco a nadie en la posa-da y tengo la mala costumbre de aburrirme cuando como solo, de