orientarse mejor, veía al otro extremo un horizonte con otros tres campanarios: Guérande, Le Poüliguen y Saint Joachim.
Piriac, era el primer puerto, situado a la derecha, y se dirigió a él.
En el instante en que visitaba el puerto de Piriac, se alejaban de él cinco grandes falúas cargadas de piedras.
Pareció singular a Artagnan que se exportasen piedras de un país donde no las había, y tuvo que recurrir a toda la amenidad del señor Agnan para preguntar a la gente del puerto la causa dé semejante singularidad.
Un viejo pescador respondió al señor Agnan que las piedras no venían de Piriac ni de los pantanos, por supuesto.
––Pues entonces, ¿de dónde proceden? preguntó el mosquetero.
––De Nantes y de Paimboeuf.
––Y, ¿a dónde van?
––A Belle Isle, señor.
–– ¡Ah, ah! ––dijo Artagnan con el mismo acento que había tomado para decir al im-presor que le interesaban sus caracteres.....
––Según eso
–– Isle, ¿trabajan en Belle?
–– ¡Toma!... Todos los años hace reparar el señor Fouquet los muros del castillo.
–– ¿De modo, que se está arruinando?
––Es viejo.
––Muy bien.
“El hecho es ––pensó Artagnan––, que nada es más natural, y que todo propietario tie-ne, derecho de hacer reparar sus propiedades. Es como si viniesen a decirme que yo fortificaba “La Imagen de Nuestra Señora” cuando estuviese simplemente obligado a hacer reparaciones en ella. Creo, en