lanzaba sus rayos de oro sobre el mar y hacía girar un polvo resplandeciente alrededor de aquella isla en-cantada. Gracias a esta luz resplandeciente no se veían en ella más que los puntos llanos, y toda sombra cortaba con dureza el paño luminoso de la pradera o de las murallas.
––¡Eh, eh! ––dijo Artagnan al aspecto de aquellas masas de rocas negras––. He aquí fortificaciones que no tienen precisión de ningún ingeniero para inquietar un desembarco. ¿Por dónde diablos se puede bajar a esa tierra que Dios ha defendido tan completamente?
––Por aquí ––repuso el patrón, cambiando la vela e imprimiendo al timón una sacudida que llevó a la falúa en dirección de un lindo puerto, redondo y recientemente almenado.
––¿Qué diantres veo allí? ––preguntó Artagnan.
––Veis a Locmaria ––le contestó el pescador.
–– ¿Y más abajo?
––A Bangos.
––¿Y más allá?
––Saujeu... Luego, el palacio.
–– ¡Diablo, esto es un mundo! ¡Ah! Allí hay soldados.
––Hay mil setecientos hombres en Belle Isle, señor ––dijo el pescador con orgullo––. ¿Sabéis que la guarnición menos numerosa es de veintidós compañías de infantería? “¡Pardiez! ––se dijo Artagnan––. Muy bien podría Su Majestad tener razón…”
Atracaron.
Capítulo 69.- Que Seguramente Sorprenderá al Lector como a Artagnan de
Encontrarse con un Viejo Conocido.
En un desembarco siempre hay un tumulto y una confusión que no dejan al